sábado, 7 de enero de 2023

Charlotte Gray

Charlotte Gray es una novela de 1999 de Sebastian Faulks. Charlotte se convierte en agente de operaciones especiales junto a la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial.

Más abajo hablamos sobre el argumento de la novela, ponemos unos párrafos en castellano y aclaramos sobre Nancy Wake, la espía en la que pudo inspirarse el autor.

 

Argumento

En 1942 Charlotte Gray viaja a Londres para trabajar como recepcionista. En el tren habla con dos hombres y uno de ellos, que trabaja para el servicio secreto, le da su tarjeta. 

La chica, atractiva e inteligente, se encuentra con un aviador, Peter Gregory. Ambos se enamoran. Gregory es enviado a una misión en Francia y Charlotte recibe la noticia de que está desaparecido en acción. 

Charlotte había pasado gran parte de su infancia en Francia y habla el idioma con fluidez, un talento que el servicio secreto desea explotar. Decide dejar su trabajo y se une a un curso para operaciones especiales. 

Es lanzada en paracaídas en Francia para completar una misión. Pero en lugar de hacer su trabajo y regresar a casa, se propone encontrar el paradero de Gregory.

Nancy Wake, conocida por la Gestapo como el "ratón blanco", 1945

Referencia histórica

La SOE (fuerzas especiales) en Francia incluía a mujeres. Solo la Sección F envió 39 agentes femeninas al campo, de las cuales 13 no regresaron.

El personaje de Charlotte Gray se basó en una mujer nacida en Nueva Zelanda, Nancy Wake, que trabajó con la resistencia francesa cerca de la región de Auvergne. Su esposo, Henri Fioca, fue torturado y asesinado por la Gestapo por no revelar su paradero.

 

Premio

El autor recibió el Bad Sex in Fiction Award en 1998 por éste libro.

 

Párrafos

Las 6 en punto en la estación Waverly. La niebla se mezclaba con el vapor del tren de Londres. Las luces en la plataforma aparecían azules y poco saludables. Además de los usuales pasajeros estaban los hombres de la fuerza aérea que se trasladaban al sur desde los campos escoceses. No solo pilotos sino también personal de tierra, que se movían con sus mochilas sobre sus hombros.

 En la calle Princes una joven mujer se despedía de su madre con un beso y entregaba dos valijas a un portero.

—Tengo que correr. Sale en dos minutos.

El portero se movió por la rampa, seguido por la mujer, que no podía correr apropiadamente debido a la estrechez de la pollera en las rodillas. Se volvió para saludar a su madre que se llevaba un pañuelo a sus ojos.

El tren ya había alcanzado los cinco minutos desde que saliera de la estación Waverly cuando logró encontrar un asiento libre en un camarote. Solo estaban dos caballeros con palos de golf.

Al ver a la mujer arrastrar las valijas uno de los hombres miró a su compañero levantando una ceja, pero tuvo la decencia de sostener la puerta y ofrecer su ayuda.

—Espero no molestar. El tren está lleno.

—Para nada. Adelante. Tome asiento.

El otro hombre se levantó para ayudar a poner las valijas en sus lugares.

La joven agradeció la caballerosidad pero luego se volvió hacia sí, sentándose, cruzando las piernas y apoyando sus manos en su traje. El traje era de buena calidad con una blusa color crema y un collar de perlas. Había una pequeña mancha negra debajo de uno de los ojos. Su claro pelo estaba agarrado debajo de un sombrero.

Espero que no quieran hablar conmigo, pensó.

Todo acerca de su actitud no alentaba a la charla. Abrió un libro y empezó a leer con cierta concentración. Hubo una cierta coloración en sus cachetes aunque no se podía decir si era el ejercicio reciente o la incomodidad del momento.

Ciertas pecas se expandían debajo de sus ojos y sus cejas eran de color más oscuras que su pelo.

Estaban cerca de Berwick cuando el hombre que había abierto la puerta empezó a hablar. Comenzó presentándose:

—Richard Cannerly. Pero mis amigos me llaman Morris

—Charlotte Gray —dijo ella sacudiendo la mano que se le ofrecía.

— ¿Qué la lleva al sur?

—Voy a trabajar a Londres.

Tenía un ligero acento escocés.

—Quiero ayudar.

—La vieja ayuda de la guerra —dijo Cannerly, a la vez que un mechón de cabello claro caía sobre sus ojos.

Charlotte cruzó sus piernas. Era un largo viaje y su libro no era tan interesante.

— ¿Y es de Edimburgo?

—No originalmente.

—Pensé que no. Por su acento.

—Me criaron en las Highlands —dijo Charlotte sonriendo —. Mis padres se mudaron allí hace diez años cuando papá consiguió un puesto allí.

—Ya veo. Morris y yo hemos estado jugando golf. ¿Usted juega?

Ella movió su cabeza.

—Vamos a ir a cenar dentro de poco. ¿Quiere venir con nosotros?

—No gracias. Tomé el té con mama justo antes de salir.

—Entonces venga a saborear un vino. Yo invito.

Charlotte miró a Cannerly.

—Bien —dijo —. Muchas gracias… (Charlotte Gray, Sebastian Faulks. Traducción y adaptación propias.)

 

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